domingo, 30 de marzo de 2008

Relato ganador. El Fantasma.



Título: El Fantasma.
Seudónimo del autor: Juan del Paramo.
Nombre del autor: Jonathan Alexander España Eraso.
Narrado por: Teresa Ramírez García.

Leer cuento:
Quienquiera que tú seas, teme, en esa honda sima,
El roce de los vagos pasajeros del sueño...
¡Oh! ¡Los soplos! ¡Temed los soplos de la noche!
¿Adónde os arrebatan? Los cautivos de un sueño
se hacen sueño ellos mismos y caen, fatalmente,
en el enjambre negro de los rostros etéreos.
Víctor Hugo.

El cigarrillo dibuja la muerte y él también la dibuja, convirtiendo a aquella pasión en la solitaria soledad de su aposento.

Todo se muere: la rosa, el amor, los humores, tu rostro, la vida, el olvido, la muerte; también esta palabra se muere, su lectura, su ruido; solo queda un recurso: convertir a la muerte en pasión. Entre deseos y paredes, la silla crepita y ese es el único sonido que interrumpe el silencio; Un hombre imagina fantasmas viviendo dentro del closet y sonríe sin darse cuenta ante el último vestigio de los miedos de la niñez.

Él dibuja ventanas en todas partes, en los muros más altos y en los muros más bajos, en la paredes deformes, en los rincones, en el cielo y hasta en el piso y los techos; dibuja ventanas como si dibujara pájaros o montañas, en el día, en la noche, en las miradas y en los ojos de los fantasmas; habla de diversos ojos: ojos mortecinos e hinchados de noctámbulos, ojos falsos y ojerosos, ojos entornados casi expirantes entre los párpados enrojecidos por el llanto, ojos lagañosos por la enfermedad... todos los ojos de los fantasmas he visto en torno mío –comentó alguna vez- y para él los fantasmas eran solo ojos separados de todo, que se movían aquí y allá, dentro y fuera del closet para mirarlo. Pero él seguía incesante en su tarea, dibujando ventanas en los alrededores de la muerte, en las tumbas y los árboles; dibujaba ventanas en las puertas, pero nunca dibujó
una puerta; no quería entrar ni salir de su aposento, sabía que no se podía, solamente quería ver: ver, porque también era un fantasma y dibujaba ventanas en todas partes.

Cierta noche se acercó a la ventana que dibujó en la pared de su morada, daba a la calle; aquella ventana le mostraba luces tenues que rompían la oscuridad, pero que no eran suficientes para advertir si los peatones siguen deambulando o si está sola también su mirada, palpablemente sorda allá afuera: ¿por qué le pesará tanto la vida a veces, si es un fantasma?

Se acerca más a la ventana, la abre y un par de gotas logran alcanzarlo -es sabido que la noche cálida augura lluvia-. Ahora los árboles, los autos, las casas y la calle adquieren el brillo del agua, parece que todo estuviera plastificado o cristalizado; la quietud del paisaje es una certeza; solo algunas hojas se atreven a moverse y el agua, claro.

Bajo la luz que chorrea una columna de alumbrado, una mujer llama su atención, llama su mirada, su mirada de fantasma. El cuerpo preparado para un salto, los brazos extendidos como si un cisne estuviera a punto de emprender el vuelo, las palmas hacia arriba como si no quisiera que se le escapase la lluvia. Lleva un vestido suave o eso adivina por el modo en que se le adhiere al cuerpo; no ve la expresión de la cara pero habrá una sonrisa húmeda y unos ojos llenos de ensueño. Y él que no puede apartar su ciega y fría mirada de lo único vivo de la calle. Esa imagen, esa mujer, forma una simbiosis con el agua y con él mismo, que se pone bajo su piel sintiendo cada gota golpear y erizar su suavidad mientras resbala por el cuello y es absorbida y empapada en el escote. La recorre, porque él también es lluvia en la noche, él también la toca con la mirada y empapa su vestido.

La razón fantasma le grita que está loco, fantasma (fantasma loco), pero qué importa la cordura fantasmal si por primera vez la pasión puede adueñarse por un instante de la belleza, de la dibujada re-creación.

Y ahí, en medio del silencio de su aposento, los fantasmas salen con libertad del closet mientras un hombre-fantasma mira cómo se desdobla y danza en el cuerpo de una mujer, bajo una noche mojada.

Un grito desgarra la noche y se silencia con la frenada violenta de un camión encendido hasta el techo con luces de una ciudad entera de neones, el aposento está mojado, el cuerpo aún está tibio, sus ojos recién comienzan a cerrarse; un manto negro se adueña de la última mirada desdibujada, los vestigios fantasmales empiezan a renacer nuevamente en el closet.....

viernes, 30 de noviembre de 2007

WOLOF. Escrito por: Remy Arpoem.

La rubia melena cubre su rostro, y la túnica de rey, que se ha ganado, ondula con el viento. Marcado torso le recibe, con sudor de batallas y el colmillo de un lobo que cuelga de su cuello. Una herida en el muslo susurra la leyenda de su historia.

Wolof nació como esclavo. Creció sirviendo a otros, menos a él mismo.
Un día gris, su amo fue asesinado, y él enviado a las celdas frías, esas que sirven de puente y estadía, mientras se vive la muerte. Ahí conoció a Bolev, un lobo huérfano que deambulaba por las noches, en busca de alimento.

Encontrase un día con el cachorro, rodeado éste por un hombre asesino, que lo golpeaba con palos, y piedras de barro. Lo enfrentó y venció sin miramientos, aún sin matarle. Y el cachorro fue, desde ese momento, su más grande compañero.

Triste fue el día en que tuvieron que separarse, por el tamaño que el lobezno había alcanzado.

Pasó más de un año. Wolof esperaba el día en que su cuerpo cansado se rindiera al fenecimiento: Látigo tras látigo, los guardias lo obligaban a realizar tareas imposibles. Sin alimento que le diera fuerzas para realizarlas, fue elegido de entre todos para entretener a la prole. Se enfrentaría a Morev, un demonio de los bosques capturado hace poco.

Dos días faltaban para el encuentro, y Wolof se veía cada vez más cansado.
Cuando por fin se cumplió el plazo, la gente del pueblo se reunió en la gran plaza para presenciar el espectáculo. -¡EL demonio matará al hombre!- aseguraban algunos, y los demás reían, como si aquello fuera una delicia.

Ya en la arena de la plaza, Wolof, de frente a Morev, era minúsculo. La batalla empezó luego de que un hombre soltara al demonio. Éste se abalanzó sobre Wolof y, zarpazo en mano, le arrancó un trozo de muslo y dejó su rostro desfigurado. La gente empezó a silbar de rabio, no por lástima, sino porque el hombre no habíase siquiera defendido.
Entonces el silenció se apoderó de la plaza. Otra bestia caminaba en la arena. Sus ojos, llenos de rabia, eran el reflejo de sus colmillos, asombrados por sobre el hocico. Era Bolev. El joven lobezno estaba dispuesto a devolver la ayuda recibida. La pelea fue mortal. El lobo cayó desfalleciente, al lado de >Wolof. Esperó la caricia de éste, para morir satisfecho. Con el rostro irreconocible, y sin una parte del muslo, Wolof caminó seguro hacia el monstruo, y puedo asegurar que éste tembló al verle. Así, sin arma alguna más que la convicción de vencer a toda costa, Wolof enfrentó al demonio hasta hacerle añicos. Se puso de pie, ante los aplausos de la multitud. Se había convertido en el rey de esas tierras, sólo por su hazaña. Levantó de la sangre que corría por el suelo, el colmillo de su amigo, y lo elevó al cielo en señal de agradecimiento.

Los demonios le respetan, y las sombras se abren a su paso. La tierra tiembla ante las pisadas del rey. De Wolof, el rey lobo.

Remy Arpoem

UNA IMAGEN. Escrito por: Alfredo Cardamomo.

Una imagen…

Algo así como una calle. A oscuras. Sólo una farola.

Suelo viejo, gris. Agua entre las piedras, piedras en los zapatos. Tres, cuatro, seis

zapatos.

También líneas rectas. Casas, ventanas, todas rectas. Y una barandilla. Esta curva y

brillante. Curva como dos ruedas, como gotas.

Sí, también gotas. En barandilla, en sombreros, en hombros, y en zapatos. Zapatos con

piedras, claro.

Y al final todo blanco.





El olor…

A tierra húmeda, caucho, caucho y tierra.

Olor a frío, a tiempo, a historia, batalla y sangre.

Profundo olor a viejo. Libros, polvo, chocolate, tabaco. Todo viejo.

Ahora huele…ahora no huele.




Y el tacto…

Frío en la cara, en las manos. Sobretodo en las manos.

En seguida la pared. Fría también, húmeda y arenosa. Arenosas también ahora las

manos.

Después piedra, agua, acero y sangre.

Después cuerpo y piedra

Después nada.





El sonido…

Primero bajito.

El chirrido de pedales con los pies, silbidos de viento entre las ruedas.

Golpe de las gotas en el suelo, en la piedras, en los hombros, en las ruedas y zapatos.

Después alto.

Un grito por la izquierda, el freno y después metal contra piedra. Y hueso contra piedra.

Y luego nada, silencio.



…miedo, vida, alegría, Sara, descanso...

CUENTO ECOLÓGICO. Escrito por: Bardazoso.

Era una soleada mañana de abril. Desde la "Cuesta de la Pasana", se

divisaba el amarillo de los "jamargos" de los olivares y los campos de

grano, a los pies de Torafe. Pedro, que empezaba a escribir poesía, había

quedado con Pablo, un poeta ya consagrado, en su huerto para

hablar de poesía.

Se saludaron y, apenas habían llegado al primer caballón, cuando Pablo se

detuvo ante una hierba de casi medio metro de altura.

- ¿Conoces ese yerbajo? -preguntó Pedro.

- Es un bledo- respondió Pablo.

- Para mí, no deja de ser una mala yerba, como cualquier otra.

- Ven, acércate y observa. Mira su inflorescencia -indicó Pablo, señalándola:

terminal, densa, recia. Si uno la mira más de cerca -y diciendo

esto, se hincó de rodilllas, mientras empezó a escudriñarla con las manos-:

se aprecia que está formada por cientgos de diminutas florecillas

verdosas, por encima de estas hojas ovaladas, de una largo pecíolo.

- ¿ Qué es el pecíolo?

- Este cabito que une la lámina de la hoja al tallo -respondió Pablo,

recorriéndolo con la mano.

E incorporándose, se dirgió hacia otra planta, casi el doble de alta, situada a

unos dos pasos escasos, de donde se encontraban y,

señalándola con el dedo índice de la mano derecha, dijo:

- Esta es una romanza. ¿Te parecen las dos iguales?

- No.

- Basta con echar un vistazo a su aspecto para apreciar algunas diferencias.

Su larga inflorescencia, erecta es muy diferente de la del bledo.

También sus hojas alargadas y lanceoladas, de márgenes crespos son

diferentes.

- ¿Qué quiere decir "crespo"?

- Retorcido.

- Ignoraba que fueras un entendido en plantas.

- No soy ningún experto. Estoy muy lejos de eso. Me ejercito en la

observación de las características de los seres vivos, no sólo porque me

gusta sino porque, además, es útil para escribir poesía, al menos, tal como

yo la entiendo. Trato de prestar la máxima atención al mundo que

me rodea para hacer descripciones exactas.

Mientras tanto, no paraba de oírse el persistente, rápido y repetido "¡tic-

tic....!" del petirrojo.

- ¿Oyes el trino del chichipán?.

- ¿Qué pajarillo es ese?.

- El petirrojo, el que tiene en el pecho una gran mancha de un vivo color

naranja. Tienes que conocerlo; es muy abundante por aquí.

- Si, alguna vez lo he visto, recogiendo aceituna. ¿Dónde está?

- No, lo veo. Pero el canto viene de la higuera.

Y Pedro miró hacia el árbol.

- Mira esta corregüela -dijo Pablo, señalándola la hierba rastrera con la

punta del pie derecho-. ¿La reconoces?.

- Esta es conocida por todo el mundo.

- Todo el mundo relacionado con el mundo rural la conoce por sus grandes

flores atrompetadas. Ésta tiene las flores rosas, pero hay otros

individuos que las tienen blancas. Todas estas plantas, como ves, se crían

en los huertos. Por eso los botánicos las llaman arvenses. Las

plantas no se crían en cualquier sitio. Tienen sus hábitats. Si queremos

buscar "Epipactis" tenemos que ir a un quejigar con arces de la sierra

de las Cuatro Villas.

- ¿Y qué es un epi...qué?.

- Un Epipactis es una orquídea salvaje que se encuentra en nuestras sierras.

- No la conozco.

- No es fácil de ver.

- Una orquídea es una planta más bonita que éstas.

- Para mí, todo ser vivo es objeto poético. La poesía es un arte, en el arte

interviene el goce estético y la estética no es cuestión de gustos sino

de belleza. Basta comprender que cualquier planta -por ejemplo esta

verdulaga -dijo, señalando con el dedo una planta rastrera de tallo rojizo y

carnoso y hojas verdes también carnosoas, que se extendía por el cibanto

del cantón- lo mismo que el chichipán, posado sobre la rama de

higuera, o esta mariquita que pasa volando en este instante, está viva para

ver su belleza.

- Nunca lo había visto de ese modo.

- Además, al ver que cada ser vivo está en hábitat que debe de estar, se

comprende que toda la naturaleza guarda un orden natural.

- Sí, debe de ser por eso que para los antiguos nipones todo lo natural era

sagrado, según he leído, en alguna parte.

- A propósito, ¿sabías que los antiguos chinos tomaron el orden natural

como modelo para construir un orden humano?.

- No, no lo sabía.

- Pues sí, organizaban su vida segùn el principio del "Yin" y el "Yang".

- Conozco esos conceptos. Yin significa umbría y Yang, solana.

- Así es. Pero también significan femenino y masculino, respectivamente. Y

en ello se fundamentaba la división por sexos de la vida

campesina. Las estaciones cálidas, secas y soleadas -primavera y verano-

son yang y correspondían al períod de mayor actividad para los

hombres, que trabajaban los campos y viviían en ellos, en viviendas

provisionales. Una vez recogida y almacenada la cosecha, regresaban a

sus aldeas, para pasar en casa las estaciones frías, húmedas y oscuras -

otoño e invierno, ya que durante ese período la tierra, sacralizada, no

podía ser profranada por la azada. Y este período de reposo para el hombre

coincidía con la máxima actividad para la mujer, dedicada a hilar

y tejer, para confeccionar las ropas del año siguiente. Así la actividad de

hombres y mueres no sólo se producía en épicas diferentes sino

también en lugares diferentes.

Mientras escuchaba, Pedro tenía la vista fija en una "limonera" posada sobre

la inflorescencia violácea del cardo borriquero.

- Igualmene -prosiguó explicando Pablo-, hombres y mujeres se reunían dos

veces al año: una en primavera para los emparejamientos y otra

en otoño, tras la cosecha, para las bodas.

- ¿Y por qué?.

- En primavera, mediante un rito se desacralizaga la tierra para poder

labrarla y era cuando los jóvenes se reunían en la montaña: ellos, en la

solana, en la orilla norte del río y ellas en la umbría, en la orilla sur. E

intercambiaban cantos de amor para formar parejas. Se consideraba que

llamaban ellos y respondían ellas. La unión sexual tenía lugar en el bosque.

Luego, se separaban para las labores agrícolas del verano y, tras la

cosecha, se volvían a ver, en grandes banquetes que celebraban la cosecha

y las nupcias. Entonces, eran ellas las que llamaban y ellos los

que respondían.

- Bonita historia. Tras este encuentro, ahora contemplo el mundo y concibo

la poesía de otra manera. Y ambos me resultan más placenteros.

VOLAR CON LIBERTAD. Escrito por: Remy Arpoem.

Las gotas de sudor escurrían pesarosas por mi cuerpo cansado. El cabello, largo y descuidado, ocultaba mi rostro. Mis piernas no soportarían un paso más. Caí sin fuerzas. Se acercaba el momento de ser arrojado al oscuro vacío de la fosa. La nada misma.
Ya caminaban hacia mí los guardias con carcajadas burlonas escondidas en el rostro, y ponían más cadenas sobre mi cuerpo, para llevarme arrastrando a la fosa. Entonces la ví. Subiendo la pared resbalaba, pero seguía subiendo. Una oruga. Se aferraba con sus diminutas patas a la pared mojada, y parecía que al hacerlo, ésta era más resbalosa. A punto de caer, aguantaba. Tal vez no habría en este mundo algo que la frenara de alcanzar el tope de aquel muro y mirar la luz que se extendía más allá de la mina.
Pasó por mi mente el correr tras ella, hacia la libertad, aunque me llevara a la muerte. Pero entonces las risas burlonas de los guardias me devolvieron a la realidad. ¿De qué valdría que yo, siendo un esclavo, siguiera un sueño inalcanzable; qué haría con un poco de libertad? Ésta estaba reservada a unos cuantos privilegiados. Una roca golpeó mi cabeza, y caí de nuevo. Las risas de los guardias se apagaron poco a poco. A mi alrededor todo giraba.
Cuando recuperé la conciencia me hallaba entre cuerpos inertes. No fue sino por el olor pútrido de sus carnes en descomposición que me supe vivo. Parpadeé un poco antes de abrir los ojos por completo. Descubrí que enormes paredes encerraban el lugar. No había escape. Traté de levantarme, pero mi cuerpo no se movía. Aspiraba a morir como mi mente, y todo yo. Miré al cielo y no pude contener las lágrimas que brotaban de mi corazón, de los recuerdos de mis padres, y de los días en que el mundo sonreía. Estaba resignado a mi destino. Esperando ya mi muerte, cerré los ojos y suspiré. Miles de imágenes desfilaron ante mí. Todo se tornó oscuro. Tan sólo se distinguía un punto lejano. Conforme se acercaba me dí cuenta, era la oruga.
-“Luchemos juntos”- parecía decirme, indefensa. –“Brillemos bajo el Sol, como faros en la oscuridad. Extendamos las alas y volemos por nuevos horizontes, donde las aves cantan y el viento te saluda a cada paso”
Abrí los ojos de nuevo. Tal vez me estaba volviendo loco, pero qué importaba. No sería yo un cuerpo más, pudriéndose en el tiempo. Saqué fuerzas de lo más profundo de mi alma, y escalé la montaña humana de carnes deshechas. Me así de una roca. Mientras subía, mis carnes enjutas rozaban la piedra rasposa. Llegué a la cima y miré los prados verdes, los animales jugueteando. No había guardias. Una pequeña sombra se proyectó en el cálido suelo. Miré hacia arriba y hallé una mariposa. Imaginé sería la oruga que había visto en las minas, ahora convertida en un hermoso ser. Eché un vistazo al horizonte y suspiré con emoción. Por fin éramos libres.

Cumpleaños.Escrito por: Sancho.

Era mi cumpleaños. Cumplía ocho. La casa estaba infestada de niños corriendo y gritando por todos lados. Ningún amigo. Solo hijos de personas que conocían a mis padres. Los mayores se encontraban conversando en la cocina. Y en el patio se improvisaban juegos de los que me sentía excluido. Primero jugamos al fútbol, creo que toqué la pelota dos o tres veces antes de terminar el partido. Después al viejito. Estuve como media hora corriendo a todo el mundo sin poder atrapar a nadie. Creo que se aburrieron bastante. Los que dirigían la batuta comenzaron a idear otro juego ¿Quiénes eran esos chicos? Me cansé de estar entre ellos, caminé por el pasillo que une el patio con el frente de la casa. Salí afuera y me senté en la verja rogando que no apareciera nadie que me obligara a volver. Era extraño, quería estar solo. Deseaba que todos esos niños volvieran a sus casas para poder entrar a la mía. Deseaba poder dejar de sonreír falsamente. Deseaba soltar a mi perro. Pobre. Estaba atado arriba del techo por culpa de aquellos invasores. Y deseaba profundamente sacar esa infernal música de fiesta que estaba sonando sin parar desde hacía dos horas.
Aquí adelante no había nadie. La calle estaba completamente desierta. La música y los gritos se oían lejanos. Y los ladridos de mi perro resonaban fuertemente desde lo alto del techo. Pronto terminaría todo. Podría encerrarme en mi habitación y estar solo con mi perrito recostado a los pies de la cama.
Los gritos de los chicos comenzaron a oírse mas cercanos. De repente salieron todos corriendo a través de la puerta del pasillo. Que desastre. No podía escapar de aquella situación de ningún modo. Comenzaron a gritar ¡juguemos a las escondidas! No entendía por qué tenían que comunicarse gritando. Querían que yo la contara y me negué rotundamente. Alguien más lo hizo. Le tocó contar hasta noventa. Mientras lo hacía, corrimos a lo largo de toda la cuadra buscando un escondite. Yo quería esconderme en el lugar más recóndito para poder estar la mayor cantidad de tiempo posible lejos de ellos. Observaba a los demás avanzar y ocultarse hasta casi llegando a la esquina. Pero yo seguí de largo buscando un lugar que estuviese más allá. Doblé la esquina. Creo que fui el único. Y corrí despavorido como si un peligro inminente asechara mi vida. Atravesé esa cuadra y volví a doblar la esquina. Llegué hasta el punto exacto a la vuelta de mi casa. No sabía bien lo que hacía, pero quería estar solo. Empecé a buscar un lugar para esconderme. Debía hacerlo rápido antes de que alguien me descubriera. Podía ser detrás de una verja, o debajo de un auto. Decidí treparme a un árbol, uno muy alto y frondoso. Trepé hasta donde pude. Hasta donde las ramas ya son muy débiles como para sostenerme. Y allí me quedé. Inmóvil y silencioso. Camuflado en la profunda oscuridad y en la absoluta lejanía.
Me sentía bien, no se como explicarlo. Me excitaba el hecho de pensar que nunca me encontrarían. No tenía noción del tiempo, pero no volvería hasta no estar seguro de que ya todos se hubiesen ido. Desde allí podía escuchar los ladridos de mi perro, que atravesaban los techos quejándose de su encierro. Supuse que al dejar de escucharlos significaría que ya se habrían ido. Recién entonces volvería.
La noche empezó a caer, y a lo lejos se oían un montón de voces gritando mi nombre. No pasó poco tiempo hasta que descubrieron mi ausencia. Voces de niños y adultos que se acercaban. No sé porque, pero lejos de preocuparme, me agradó. Ahora que era de noche no cabía la posibilidad de que me encontraran. Se acercaron cada vez más hasta estar justo debajo mío. Creo que incluso ví pasar a mi madre entre aquellas personas. En ese momento fue cuando empecé a preocuparme un poco. Pero no podía bajar en medio de aquella situación. Decidí esperar más tiempo para volver a mi casa. Mientras tanto pensaría en algo que pudiera inventar para safar de un potencial castigo.
Transcurrió algún tiempo. Todavía se oían las voces, y cada tanto se veía gente pasar por debajo del árbol. Incluso alguno miró hacia arriba, pero la oscuridad no permitió que pudieran percibirme.
De pronto pude divisar las luces de las sirenas de la policía. Entonces me asusté muchísimo. Fue en ese instante donde realmente me arrepentí de lo que había hecho. Pensar que de otra forma aún estaría en mi casa, y seguramente a esa hora ya no quedaría nadie. En ves de eso, estaba en la punta de un árbol con toda la gente de la fiesta esperando mi regreso. Seguramente, la gran mayoría odiándome. Y encima la policía. Las linternas comenzaron a desandar todos los espacios oscuros de la zona. Incluyendo las copas de los árboles. Era solo cuestión de tiempo para que me descubrieran. Había un techo cerca de donde yo me encontraba. Pensé entonces que quizá si alcanzaba aquel lugar, podría llegar hasta mi casa por los techos y ahorrarme la terrible situación que se estaba gestando. Intenté avanzar por las ramas hacia mi objetivo. Pero el movimiento alertó a un policía que se hallaba cerca. El resplandor de la linterna comenzó acercarse hacia el árbol. Y el has de luz atravesó las ramas hasta descubrirme. Quede enceguecido por aquel brillo. Y alguien dijo: ¡acá está! ¡Señora acá esta!

miércoles, 28 de noviembre de 2007

EL FANTASMA. Escrito por: Juan del Paramo.

Quienquiera que tú seas, teme, en esa honda sima,
El roce de los vagos pasajeros del sueño...
¡Oh! ¡Los soplos! ¡Temed los soplos de la noche!
¿Adónde os arrebatan? Los cautivos de un sueño
se hacen sueño ellos mismos y caen, fatalmente,
en el enjambre negro de los rostros etéreos.
Víctor Hugo.

El cigarrillo dibuja la muerte y él también la dibuja, convirtiendo a aquella pasión en la solitaria soledad de su aposento.

Todo se muere: la rosa, el amor, los humores, tu rostro, la vida, el olvido, la muerte; también esta palabra se muere, su lectura, su ruido; solo queda un recurso: convertir a la muerte en pasión. Entre deseos y paredes, la silla crepita y ese es el único sonido que interrumpe el silencio; Un hombre imagina fantasmas viviendo dentro del closet y sonríe sin darse cuenta ante el último vestigio de los miedos de la niñez.

Él dibuja ventanas en todas partes, en los muros más altos y en los muros más bajos, en la paredes deformes, en los rincones, en el cielo y hasta en el piso y los techos; dibuja ventanas como si dibujara pájaros o montañas, en el día, en la noche, en las miradas y en los ojos de los fantasmas; habla de diversos ojos: ojos mortecinos e hinchados de noctámbulos, ojos falsos y ojerosos, ojos entornados casi expirantes entre los párpados enrojecidos por el llanto, ojos lagañosos por la enfermedad... todos los ojos de los fantasmas he visto en torno mío –comentó alguna vez- y para él los fantasmas eran solo ojos separados de todo, que se movían aquí y allá, dentro y fuera del closet para mirarlo. Pero él seguía incesante en su tarea, dibujando ventanas en los alrededores de la muerte, en las tumbas y los árboles; dibujaba ventanas en las puertas, pero nunca dibujó
una puerta; no quería entrar ni salir de su aposento, sabía que no se podía, solamente quería ver: ver, porque también era un fantasma y dibujaba ventanas en todas partes.

Cierta noche se acercó a la ventana que dibujó en la pared de su morada, daba a la calle; aquella ventana le mostraba luces tenues que rompían la oscuridad, pero que no eran suficientes para advertir si los peatones siguen deambulando o si está sola también su mirada, palpablemente sorda allá afuera: ¿por qué le pesará tanto la vida a veces, si es un fantasma?

Se acerca más a la ventana, la abre y un par de gotas logran alcanzarlo -es sabido que la noche cálida augura lluvia-. Ahora los árboles, los autos, las casas y la calle adquieren el brillo del agua, parece que todo estuviera plastificado o cristalizado; la quietud del paisaje es una certeza; solo algunas hojas se atreven a moverse y el agua, claro.

Bajo la luz que chorrea una columna de alumbrado, una mujer llama su atención, llama su mirada, su mirada de fantasma. El cuerpo preparado para un salto, los brazos extendidos como si un cisne estuviera a punto de emprender el vuelo, las palmas hacia arriba como si no quisiera que se le escapase la lluvia. Lleva un vestido suave o eso adivina por el modo en que se le adhiere al cuerpo; no ve la expresión de la cara pero habrá una sonrisa húmeda y unos ojos llenos de ensueño. Y él que no puede apartar su ciega y fría mirada de lo único vivo de la calle. Esa imagen, esa mujer, forma una simbiosis con el agua y con él mismo, que se pone bajo su piel sintiendo cada gota golpear y erizar su suavidad mientras resbala por el cuello y es absorbida y empapada en el escote. La recorre, porque él también es lluvia en la noche, él también la toca con la mirada y empapa su vestido.

La razón fantasma le grita que está loco, fantasma (fantasma loco), pero qué importa la cordura fantasmal si por primera vez la pasión puede adueñarse por un instante de la belleza, de la dibujada re-creación.

Y ahí, en medio del silencio de su aposento, los fantasmas salen con libertad del closet mientras un hombre-fantasma mira cómo se desdobla y danza en el cuerpo de una mujer, bajo una noche mojada.

Un grito desgarra la noche y se silencia con la frenada violenta de un camión encendido hasta el techo con luces de una ciudad entera de neones, el aposento está mojado, el cuerpo aún está tibio, sus ojos recién comienzan a cerrarse; un manto negro se adueña de la última mirada desdibujada, los vestigios fantasmales empiezan a renacer nuevamente en el closet.....