Era mi cumpleaños. Cumplía ocho. La casa estaba infestada de niños corriendo y gritando por todos lados. Ningún amigo. Solo hijos de personas que conocían a mis padres. Los mayores se encontraban conversando en la cocina. Y en el patio se improvisaban juegos de los que me sentía excluido. Primero jugamos al fútbol, creo que toqué la pelota dos o tres veces antes de terminar el partido. Después al viejito. Estuve como media hora corriendo a todo el mundo sin poder atrapar a nadie. Creo que se aburrieron bastante. Los que dirigían la batuta comenzaron a idear otro juego ¿Quiénes eran esos chicos? Me cansé de estar entre ellos, caminé por el pasillo que une el patio con el frente de la casa. Salí afuera y me senté en la verja rogando que no apareciera nadie que me obligara a volver. Era extraño, quería estar solo. Deseaba que todos esos niños volvieran a sus casas para poder entrar a la mía. Deseaba poder dejar de sonreír falsamente. Deseaba soltar a mi perro. Pobre. Estaba atado arriba del techo por culpa de aquellos invasores. Y deseaba profundamente sacar esa infernal música de fiesta que estaba sonando sin parar desde hacía dos horas.
Aquí adelante no había nadie. La calle estaba completamente desierta. La música y los gritos se oían lejanos. Y los ladridos de mi perro resonaban fuertemente desde lo alto del techo. Pronto terminaría todo. Podría encerrarme en mi habitación y estar solo con mi perrito recostado a los pies de la cama.
Los gritos de los chicos comenzaron a oírse mas cercanos. De repente salieron todos corriendo a través de la puerta del pasillo. Que desastre. No podía escapar de aquella situación de ningún modo. Comenzaron a gritar ¡juguemos a las escondidas! No entendía por qué tenían que comunicarse gritando. Querían que yo la contara y me negué rotundamente. Alguien más lo hizo. Le tocó contar hasta noventa. Mientras lo hacía, corrimos a lo largo de toda la cuadra buscando un escondite. Yo quería esconderme en el lugar más recóndito para poder estar la mayor cantidad de tiempo posible lejos de ellos. Observaba a los demás avanzar y ocultarse hasta casi llegando a la esquina. Pero yo seguí de largo buscando un lugar que estuviese más allá. Doblé la esquina. Creo que fui el único. Y corrí despavorido como si un peligro inminente asechara mi vida. Atravesé esa cuadra y volví a doblar la esquina. Llegué hasta el punto exacto a la vuelta de mi casa. No sabía bien lo que hacía, pero quería estar solo. Empecé a buscar un lugar para esconderme. Debía hacerlo rápido antes de que alguien me descubriera. Podía ser detrás de una verja, o debajo de un auto. Decidí treparme a un árbol, uno muy alto y frondoso. Trepé hasta donde pude. Hasta donde las ramas ya son muy débiles como para sostenerme. Y allí me quedé. Inmóvil y silencioso. Camuflado en la profunda oscuridad y en la absoluta lejanía.
Me sentía bien, no se como explicarlo. Me excitaba el hecho de pensar que nunca me encontrarían. No tenía noción del tiempo, pero no volvería hasta no estar seguro de que ya todos se hubiesen ido. Desde allí podía escuchar los ladridos de mi perro, que atravesaban los techos quejándose de su encierro. Supuse que al dejar de escucharlos significaría que ya se habrían ido. Recién entonces volvería.
La noche empezó a caer, y a lo lejos se oían un montón de voces gritando mi nombre. No pasó poco tiempo hasta que descubrieron mi ausencia. Voces de niños y adultos que se acercaban. No sé porque, pero lejos de preocuparme, me agradó. Ahora que era de noche no cabía la posibilidad de que me encontraran. Se acercaron cada vez más hasta estar justo debajo mío. Creo que incluso ví pasar a mi madre entre aquellas personas. En ese momento fue cuando empecé a preocuparme un poco. Pero no podía bajar en medio de aquella situación. Decidí esperar más tiempo para volver a mi casa. Mientras tanto pensaría en algo que pudiera inventar para safar de un potencial castigo.
Transcurrió algún tiempo. Todavía se oían las voces, y cada tanto se veía gente pasar por debajo del árbol. Incluso alguno miró hacia arriba, pero la oscuridad no permitió que pudieran percibirme.
De pronto pude divisar las luces de las sirenas de la policía. Entonces me asusté muchísimo. Fue en ese instante donde realmente me arrepentí de lo que había hecho. Pensar que de otra forma aún estaría en mi casa, y seguramente a esa hora ya no quedaría nadie. En ves de eso, estaba en la punta de un árbol con toda la gente de la fiesta esperando mi regreso. Seguramente, la gran mayoría odiándome. Y encima la policía. Las linternas comenzaron a desandar todos los espacios oscuros de la zona. Incluyendo las copas de los árboles. Era solo cuestión de tiempo para que me descubrieran. Había un techo cerca de donde yo me encontraba. Pensé entonces que quizá si alcanzaba aquel lugar, podría llegar hasta mi casa por los techos y ahorrarme la terrible situación que se estaba gestando. Intenté avanzar por las ramas hacia mi objetivo. Pero el movimiento alertó a un policía que se hallaba cerca. El resplandor de la linterna comenzó acercarse hacia el árbol. Y el has de luz atravesó las ramas hasta descubrirme. Quede enceguecido por aquel brillo. Y alguien dijo: ¡acá está! ¡Señora acá esta!
viernes, 30 de noviembre de 2007
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