Ese maldita luz de neón siempre se estropeaba en cuanto caían cuatro gotas. Era algo que tenía comprobado des de que empecé a trabajar en ese hotel. Incluso había dejado la escalera cerca de la puerta para evitarme engorrosos viajes al trastero cada vez que a la dichosa luz le daba por fallar.
Salí corriendo con la escalera bajo el brazo e intentando no resbalar con los charcos de barro que se iban formando a medida que caía más lluvia. Por suerte, con los años ya me había aprendido de memoria cuales eran las zonas más propensas a formal barrizales y casi ni tenía que mirar al suelo para saber dónde podía poner el pie sin peligro de acabar rebozado en el lodo. Desplegué la escalera y subí hasta llegar a la “O” de “HOTEL”. Esa “O” Me había costado muchos viajes y siempre lo solucionaba de la misma forma: dos golpes arriba y uno al lateral. “Mal contacto” decía el encargado de mantenimiento, “buena chapuza” pensaba yo.
Aún no había bajado de la escalera cuando vi como un coche negro estacionaba en el escaso espacio que tenía el parking. Salió un hombre cargado con un maletín, parecía como si no tuviera rostro debido a la escasa luz que vertía la luna. Se metió en la recepción del hotel y al cabo de pocos segundos escuché el ding que inequívocamente reclamaba mi presencia. Nunca me había gustado esa campana, sonaba a vieja. Como tantas otras cosas en el hotel. Pero esa noche, sonaba mucho peor.
Cuando entré en el hotel, la ropa aún me goteaba empapada de lluvia y de frío y mis zapatos chirriaban sobre el suelo de madera. El hombre del maletín estaba en frente de la mesa de recepción, mirando minuciosamente la pequeña estantería dónde se guardaban todas las llaves de las habitaciones.
- ¿Puedo ayudarle?- Mi tono de voz pretendía ser firme aunque estuve muy lejos de conseguirlo.
- ¿Es usted el propietario?
- Bueno, en realidad soy el encargado. El propietario no está aquí. ¿Porqué lo pregunta?- No pareció importarle lo más mínimo mi cuestión.
- ¿Solo tiene un inquilino?
- Si el señor Sylo. Un pobre viejo sordo que siempre se pasea en su bata de cuadros.
-Bien. -Puso su maletín encima de la mesa- Quiero proponerle un trato.
Alzó la cabeza dejando que la tenue luz explorara su rostro. Tenía la piel de un color rosado, llena de capilares saturados de sangre estancada. Daba la sensación que alguno de ellos acabaría por reventar o peor, que todos lo harían, provocando que muriera desangrado. Mirarlo fijamente suponía un auténtico reto.
-¿Qué clase de trato?- Pregunté.
El hombre abrió el maletín y sacó un fajo de billetes que dejó encima de la mesa.
- Usted quiere este dinero… yo quiero que cierre el hotel, solo por esta noche. Sin preguntas, sin quejas. Solo deberá cumplir mis ordenes. Si lo hace, mañana este dinero será suyo. ¿Qué me dice?
Sus ojos vidriosos se clavaron fijamente en mi. No podía ver que había tras ellos, pero me imaginaba una jauría de perros aullando en la noche.
- ¿Para qué quiere que cierre el hotel?
- ¿Cuál es la parte de “sin preguntas” que no ha entendido?
Volví a mirar el fajo de billetes. Era grande, demasiado.
- De acuerdo. Apagaré las luces de fuera.
- Bien. Yo ahora voy a mi habitación. Usted ciérrelo todo, traiga un martillo y clavos… y no haga ruido.
El hombre volvió a meter el dinero en su maletín, firmó el libro de registro y subió por las escaleras. La madera, podrida por la humedad y los años, crujía a cada paso. La cojera le obligaba a subir un único peldaño en cada movimiento, orquestándose una auténtica sinfonía de chirridos en su interminable ascenso. Cuando por fin logró llegar hasta arriba se encerró en su habitación dejando entre oír unos murmullos incomprensibles des de mi distancia. El viejo reloj de pared tocó las diez y yo me dispuse a acatar las órdenes del nuevo huésped. Sabía que la noche justo acababa de empezar, aunque no tenía ni idea de cuando terminaría.
Hasta aquel momento yo había actuado de forma discutible, lo reconozco. Quizá debería haberlo echado del hotel en el mismo momento que le vi bajar en medio de la asfixiante oscuridad. Lo más lógico hubiera sido negarse a cumplir sus órdenes, aunque ¿que podría hacer un viejo tullido? Esa era mi única oportunidad para huir de ese antro infecto, de escapar de una vida mísera y demostrarme de una vez por todas que no iba a acabar mi gris existencia pudriéndome en la recepción de un hotel destartalado. Ese dinero era la única cuerda que tenía para salir del pozo de mierda en el que yo mismo me había metido años atrás.
Apagar el cartel luminoso fue mucho más fácil que encenderlo. Ni siquiera tuve que mojarme. Y conseguir el martillo y los clavos solo me supuso un breve viaje hasta el trastero, no más de cinco minutos; cerrar la puerta principal y trasera, cinco más. Veía el dinero cada vez más cerca aunque solo hubieran pasado treinta minutos. Unas cuantas horas más y sería todo mío, pero debía ser paciente, no podía dejar que los nervios ni el ansia se apoderara de mi, porqué si así fuera, estaría perdido.
Yo aún no sabía cual sería mi papel dentro de aquella pequeña obra, no sabía siquiera cual era el nombre de ese extraño tipo de piel venosa. Abrí el libro de registro. “Sr. Yásser” ponía. En ese momento se abrió la puerta del anteriormente conocido como extraño y ahora bautizado como Sr. Yásser.
-¿ Ha cerrado todas la puertas? Preguntó el Sr. Yásser.
- Todas.
- Bien, ahora coja los clavos y clávelos en las ventanas.
Mi jefe, el Sr. Dimblon me iba a matar. Pero por ese dinero hubiese clavado los clavos en sus mismos pies, se lo aseguro.
-De acuerdo.
-Cuando acabe venga a la cocina, le espero ahí.
Sin duda el Sr. Yásser huía de algo o de alguien al que temía, al que tenía auténtico terror. Clavé los clavos en las ventanas, asegurándome que estas quedaban totalmente inmovilizadas, no tanto por cumplir escrupulosamente sus órdenes, sino porqué si alguien teme tanto a algo, debe ser por una buena razón. Cuando regresé a la cocina me encontré con el Sr. Yásser de pie junto a su inseparable maletín.
-¿Piensa contarme lo que ocurre?
-Te dije que nada de preguntas. Ahora siéntate.
Obedecí sus órdenes mientras él sacaba un trapo viejo que parecía envolver algún objeto.
- A veces la gente no desea contar cosas por el simple hecho de que otros las sepan, sino simplemente para liberarse. – Le dije. En ese momento observé un brillo en sus ojos que hasta entonces no se había producido. Para él, dejé de ser un insecto para convertirme en un animal. Sin razón ni conciencia, pero con un mínimo de dignidad.
- ¿Cómo te llamabas?
- Benny.
-Verás Benny, si no me equivoco estamos a 9 de octubre, ¿no es cierto?
- Así es.- La luz de las viejas bombillas hacían que su cara mortecina se combinase con un tono amarillento.
- Hoy hace justo dos años que maté a un hombre, Benny. Le disparé y quedó muerto en el suelo. El año pasado vino a buscarme. Sé que hoy también vendrá.
El silencio retumbó en toda la habitación. Algunas gotas de lluvia habían conseguido sortear los obstáculos hasta conseguir colarse en el interior de la cocina, produciendo un goteo espaciado pero persistente. Yo no veía lógico cuestionar su locura, así que, simplemente, me sume a ella.
- ¿Y cómo piensa detenerlo?
El Sr. Yásser desenvolvió el objeto que hasta entonces cubría con el trapo viejo. Eran dos pistolas. Una la cogió él, la otra me la dio a mi.
- No pienso matar a nadie- Le dije.
- No lo hará. Ese hombre ya está muerto, yo mismo lo maté.
- Es una locura.
- Puede que lo sea. Pero si quiere el dinero deberá sentarse y esperar conmigo.
Vi claro que mis ilusiones de conseguir dinero fácil no habían sido más que una estúpida fantasía; comprendí que si conseguía salir de ahí, me habría ganado cada céntimo de ese fajo de billetes. Mientras seguía calculando cuantas posibilidades reales tenía de salir de ahí, el Sr. Yasser se levantó, se dirigió hacia la despensa y cogió un trozo de queso y algo de fiambre.
- ¿No me piensa contar lo que ocurrió con aquel hombre?- Le pregunté. No contestó. Se limitó a ofrecerme con un gesto escueto, un poco de queso. Volvió a sentarse y siguió comiendo mientras los dos estábamos en silencio, masticando el paso del tiempo a cada nueva gota de agua que se estrellaba contra el suelo. Los riachuelos que se formaban en las ventanas suponían la única diversión en esos momentos, apostando para mis adentros, cual sería la siguiente dirección en la que iría el agua. Siempre acababan formando ramificaciones venosas, muy parecidas a las de la piel del Sr. Yásser. Los minutos pesaban cada vez más, como el silencio puntualmente roto por los truenos y las gotas de agua. Cuando habían caído 536 gotas en el suelo de la cocina, la luz se apagó.
- Iré a ver los fusibles- Exclamé.
- Siéntate Benny, no te preocupes por la luz.
- ¿Está de broma? Hay un tío muerto que viene para matarle, ¿y a usted no le importa que se vaya la luz?... Ahora vuelvo.
Me levanté decidido a activar otra vez los fusibles, quizá él pretendiera alimentar esa locura, pero yo no estaba dispuesto a hacerlo.
-Vi un coche accidentado en la cuneta…- Cuando el Sr. Yasser empezó a hablar, yo me detuve.- Dentro del coche no había nadie, solo unas manchas de sangre y este maletín - dio unos golpecitos a su querido maletín- Estaba lleno de dinero; el mismo que hay ahora, y yo estaba decido a llevármelo conmigo. Miré por los alrededores, pero en ese bosque solo había oscuridad, más negra y espesa que todas las noches juntas. De repente se encendió una luz que apuntaba directamente hacia mi. Supuse que debía ser el hombre accidentado que, al oír mis gritos, vino en busca de ayuda. La luz de su linterna me cegaba completamente la vista y solo podía intuir la figura de la persona que tenía delante. Le pregunté si se encontraba bien. No respondió. Le pregunté si quería que lo llevara al hospital. Tampoco respondió. No dio ninguna señal de vida excepto por el halo que su aliento dibujaba en la luz de la linterna. Estuvimos así varios minutos, sin movernos, sin hablar, solo esperando. Finalmente me decidí a acercarme hasta él y fue entonces cuando ocurrió. De la nada se oyó un disparo que me destrozó la pierna, sin embargo conseguí abalanzarme sobre él. Forcejeamos a tientas como si fuéramos dos animales salvajes, yo conseguí ponerme encima suyo, le agarré el cráneo y lo empecé a golpear contra el suelo. Lo dejé inconsciente, pero eso no era suficiente, seguí golpeando y seguí y seguí hasta que la rabia y el dolor se sumaron para luego desaparecer. Había matado a aquel hombre, de eso no había duda, y ni siquiera lo había podido mirar a los ojos. Estaba muy oscuro y yo demasiado cegado.
Regresé a mi coche, decidido a hacer desaparecer el cadáver. Cogí unas mantas y volví cojeando para llevar el cuerpo de nuevo a su coche, quizá así parecería que había muerto por el accidente. Pero en el lugar del crimen no había nada. Ni cuerpo, ni linterna. Nada. Solo la cegadora oscuridad de la noche.
Des de aquel día, lo único que hago en mi vida es huir y mirar a mi espalda. Todos los días, todas las horas. Hace justo un año volvió a por mi, al principio creí que venía por su dinero. Ahora sé que venía a por mi. Pero hoy estaré preparado. Te prometo que esta noche todo será diferente.
Al acabar su historia los dos nos quedamos mudos. La lluvia seguía cayendo y las pequeñas gotas que se colaban por el tejado, seguían estrellándose contra el suelo de la cocina de ese viejo hotel. Pero no importaba. Ya nada importaba. Sabía que era demasiado tarde para todo y que hiciera lo que hiciera, ya no había marcha atrás. Entonces se oyó el crujir de la escalera. El Sr. Yásser se levantó de inmediato. Arrastró su pierna hasta la entrada de la cocina y empuño el arma dispuesto a acabar con aquel que tanto tiempo lo había atormentado. Yo salí detrás de él, muerto de miedo y rezando para qué todo aquello terminase de un vez. Cuando llegamos al hall del hotel pude ver una luz en lo alto de la escalera.
- ¡Por fin te encuentro!- Gritó el Sr. Yásser.- ¿Sigues escondiéndote detrás de tu linterna? ¡Vamos, baja!, ! ¡Muestra tu cara!
Yo permanecía como un simple espectador, petrificado por el terror. La figura en lo alto de la escalera sostenía una linterna, del mismo modo que lo hizo el protagonista del relato que minutos antes me había contado el Sr. Yásser. Pero había algo extrañamente familiar en esa figura apenas perceptible en la oscuridad. El Sr. Yásser seguía hablando, amenazándole para que bajara y así pudiéramos verle la cara. Pero la figura seguía inmóvil, sosteniendo la linterna en lo alto de la escalera. No sé si fue por azar, pero en uno de esos instantes, tras la cegadora luz de la linterna, me pareció distinguir la bata de cuadros que siempre llevaba puesta el Sr. Sylo.
-¡Alto!- Grité- No dispare, no es su enemigo es el Sr. Sylo, se debe haber levantado por el apagón.
- ¡Baja he dicho! ¡Si no lo haces a pie, lo harás rodando!- El Sr. Yásser no tenía ninguna intención de hacerme caso. Sabía que debía hacer algo, debía evitar que ese hombre cometiera una locura.
- No puede oírle, ¿lo entiende? - Lo agarré por la espalda.-¡Está sordo, no es el hombre que busca, solo es un viejo sordo! – Ese hombre cojo pero tremendamente fuerte, me zarandeó y finalmente me tiró al suelo, a unos metros de él. Pude ver cómo el aliento del Sr. Yásser quedaba perfectamente dibujado en la oscuridad. La luz de la linterna seguía inmóvil, expectante, casi insolente, esperando que alguien se moviera, deslumbrándonos como a dos animales en la carretera. El Sr. Yásser subió su arma.
- ¡Veo que tú no has cambiado!- Gritó – No te preocupes, yo si lo he hecho.
Yo también subí el arma. Grité con todas mis fuerzas para que comprendiera que se trataba de un error, grité hasta quedarme mudo, hasta resquebrajar la oscuridad de la noche, llena de rabia, llena de odio, grité como un horizonte de perros, pero el destino nos arrastraba con su cuerda hasta el fondo del río, y mi grito se perdía en el aire infinito. Se oyó un disparo.
La luz de la linterna seguía inmóvil en lo alto de la escalera. Yo seguía agazapado en el suelo del hall, sosteniendo el arma y viendo como del cañón, aún caliente, salía un humo gris que difuminaba la figura del Sr. Yásser. Éste, finalmente, cayó al suelo. Se desplomó como si se tratara de un árbol centenario, con un estruendo grave y seco. A los pocos minutos la luz de la linterna y el señor Sylo, que estaba detrás de ella, se retiraron de nuevo a su habitación, sin palabras, sin ruido, dejando totalmente a oscuras el cuerpo del señor Yásser y el de su asesino. Aparté el arma de su mano y comprobé su pulso. Ese hombre estaba muerto, yo lo había matado. Tendría que convencerme el resto de mi vida que esa era mi única opción, que yo no era un asesino aunque las circunstancias me hubiesen empujado a serlo. Iba pensando en esto mientras fui a la cocina a aliviar las fuertes arcadas que me había producido el accidente. Pensaba también en el Sr. Sylo y en lo cerca que había estado de morir, en todas las preguntas que me haría la policía y en lo mucho que tendría que explicar. Miré el maletín, el dinero estaba dentro y ahora ambos me pertenecían. Sin duda fue el dinero más caro del mundo. Pero sabía que alguien, tarde o temprano, acabaría viniendo a buscarlo.
Más calmado volví al lugar del crimen, debía recoger el arma y también quería echar un último vistazo al cadáver de mi víctima. Pero en el lugar del crimen no había nada. Ni cuerpo, ni pistola. Nada. Solo la cegadora oscuridad de la noche.
martes, 27 de noviembre de 2007
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