domingo, 25 de noviembre de 2007

EL SUEÑO. Escrito por: Conxi.

El otro día tuve un sueño. Todo el mundo tiene, me diréis, pero es que los míos... No diré que son los únicos del mundo que siempre acaban mal o no acaban. Es complicado explicarlo pero lo intentaré.
El caso es que si, por ejemplo, sueño que voy por una calle para ir a un sitio determinado, de pronto la calle se convierte en una desconocida para mí y no acabo de llegar nunca a mi destino, con el desespero que ello comporta. Esta clase de sueño, por cierto, se me repite muchas veces.
No sé cómo se interpretan los sueños. En mi ignorancia, lo primero que se me ocurre es que este sueño quiere decir que estoy perdida y no encuentro mi camino en la vida. ¡Ostras! ¡Qué desastre! Más que nada porque ya hace muchos años que tengo veinte años, como dice la canción de Serrat, o sea, que no es que no haya encontrado el camino, es que ya se me ha pasado el arroz, que no hace falta que siga buscando. Estoy a la deriva. Ahora, que por fuera, quiero decir lo que ven los demás, es que soy adulta, adultísima, que estoy acabando la carrera, familia, marido, hijos, nieta, vaya, que ya he cumplido con mi papel en esta vida.
Bueno, ya está bien de filosofar sobre la vida, la mía, yo lo que quería era hablar de los sueños. El otro día, mejor dicho, la otra noche, soñé que me encontraba en medio de una calle, sola, vestida con un camisón con lunares rojos sobre fondo blanco y nada más, absolutamente nada, ni zapatos, ni bolso, nada de nada. De repente veo venir hacia mí tres hombres vestidos de negro, uno de ellos llorando. Yo me acerco, le abrazo y le consuelo. Adivinando mi situación y como agradecimiento y también, supongo yo, para que me tranquilice, deja de llorar y me dice que no me preocupe, que él es muy rico y tiene una casa grande y maravillosa.
Entramos en un bar. Yo, avergonzada de ir en camisón pero con la esperanza de que aquel hombre, que he de decir que tenía una voz cálida y unos ojos azules que no podía dejar de mirar, me salvara de aquella situación. Pero como es habitual en mis sueños, después de unas copas, me dice que ni es rico ni tiene casa ni nada, y, con una sonrisa llena de ironía, me dice muy bajito: «tú ya sabías que pasaría esto cuando ha empezado el sueño, no deberías sorprenderte». Sólo le faltaba acabar la frase con un je,je,je. Francamente, me desperté enrabiada con el gnomo de los sueños. No había derecho. Ahora que digo esto del «gnomo», me acuerdo de las discusiones que teníamos mi hijo y yo sobre si los gnomos existían o no; yo era partidaria del sí, pero él no lo tenía nada claro.
Yo sí que tenía claro que necesitaba la opinión de alguien que conociera a fondo el tema de la interpretación de los sueños. No sabía por dónde empezar. Podía buscar una vidente, pero no estaba segura de que entre sus poderes se encontrara el de conocer todo este mundo tan basto, misterioso, a veces terrorífico y desconocido para la mayoría de los mortales. También podía comprar libros que trataran sobre la interpretación de los sueños pero sobre este tema, hay para dar y vender. No ha de ser fácil interpretar un sueño, porque hay detalles, como sensaciones, colores o lugares, que pueden hacer que la solución sea diferente. Por último, tuve la idea de visitar un psiquiatra. Confieso que la idea me gustaba bastante: por el mismo precio podría saber lo que querían decir mis sueños y que me diera su opinión sobre mi estado mental, pues empezaba a sospechar que se estaban formando goteras en mi tejado.
Esperé a quedarme sola en casa, porque no quería tener que dar explicaciones sobre el galimatías que hacía días llenaba mi cerebro y cogí con manos temblorosas el volumen de las Páginas Amarillas. Busqué por «médicos», había cantidad de especialidades. De repente la idea de buscar un psiquiatra no me pareció la más acertada. Puede que el problema de humedades en mi terrado no fuera tan grave. Psicólogos, sí, estos especialistas sabrían más del mundo de los sueños y además, lo más seguro es que no me harían hincharme a pastillas.
Psicólogos, sólo había tres. El primero lo descarté porque tenía apellido extranjero y pensé que la conversación no sería todo lo fluida que el tema requería. El segundo vivía en una calle de un barrio elegante de la ciudad, y me pareció que seguramente la minuta se dispararía en el precio, cosa que no podía permitirme. Sólo me quedaba un tal Dr. Morfeo Soñador... ¡La madre que me........! No podía creérmelo. Aquello quería decir algo, aquello era una señal. No lo dudé ni un momento, iría a verlo.
Anoté la dirección y el teléfono en un papel. No pude esperar más, y lo llamé. Después de esperar unos minutos, cuando ya me disponía a colgar, una voz, que me pareció cálida y hasta sensual, dijo: «¿Dígame?». Me extrañó que no contestara «Gabinete de Psicología» o algo parecido.
—Por favor, quisiera pedir hora, me urge bastante, ¿podría ser para mañana?
—Tengo una hora libre mañana a las siete de la tarde. Veo que está un poco nerviosa, hay algo que le preocupa, lo noto, voy a hacerle una sugerencia, procure no faltar.
¡Caramba! Empezaba a analizarme antes de verme. ¿Aquello era una sugerencia o una amenaza? Sólo pude responderle un «sí, de acuerdo», con un tembloroso hilo de voz. ¿Qué queréis que os diga? Empezaba a arrepentirme de haber confirmado la visita. A lo mejor no iría.
Pero llegó el día siguiente. Yo cada vez más nerviosa, tal como había dicho él, pero al mismo tiempo ansiosa de que llegaran las seis de la tarde. Tenía que calcular al menos tres cuartos de hora para llegar a la consulta; se encontraba en el barrio viejo, cosa que, francamente, no me gustaba nada, y menos a aquellas horas. Tuve que coger el metro y después un autobús. La consulta estaba situada en un edificio que no sé cómo calificarlo, si como antiguo o como destartalado, en una calle estrecha donde, se suponía, no entraba nunca el sol. Pensé: «A este psicólogo le convendrían unas cuantas sesiones de terapia donde le enseñaran que el entorno donde se vive también influye en nuestros sueños». Yo no podría vivir en un sitio donde cada mañana no pudiera ver el sol, me invadiría la tristeza.
La consulta estaba en un tercer piso sin ascensor, ¡lo que me faltaba! Cuando llegué arriba, me faltaba el aire, me tuve que parar un instante antes de entrar, para coger aliento; esto lo hacía con los ojos cerrados por el esfuerzo y cuando los abrí, lo vi delante mío plantado y mudo. Casi me da un infarto del susto. Era un hombre moreno, mucho; o había tomado mucho el sol o era de un país del sur.
—Pase, por favor, la estaba esperando. Aquellos ojos... ¿dónde los había visto antes? Y aquella voz tan acariciadora... No lo podía recordar aunque lo intentaba. Hablaba sin acento, no podía saber de dónde era. La consulta estaba en una salita muy acogedora. Una mesa no muy grande llena de papeles y de libros. En un marco en el que debiera tener la foto de su mujer o de sus hijos, había una foto en la que se veían unas nubes de tormenta sobre unas montañas negras. Lo miré de reojo y se me encogió el corazón.
—Usted dirá, porque supongo que ha venido para consultarme algún problema que cree tener en su subsconsciente.
—Sí, la verdad es que mis sueños me alteran mucho. Siempre son negativos, desagradables y la mayoría de las veces terminan mal, y me gustaría saber la causa.
Él me miraba todo el rato con aquellos ojos que me seguían recordando a alguien, ¿dónde los había visto?, y con una sonrisa que me daba la sensación de que no estaba escuchando lo que le estaba diciendo.
—Bien– dijo de repente–. Me gustaría que me explicara alguno de esos sueños, a ver si puedo darle alguna interpretación que la tranquilice un poco. Le expliqué alguno de mis sueños, pero no me atreví a explicarle aquél en el que encontraba aquel hombre llorando, ¡ah! y yo en camisón. Me daba mucha vergüenza, o a lo mejor, inconscientemente, no quería saber la respuesta que me iba a dar aquel psicólogo tan extraño. Cuando acabé de hablar, se levantó y me dijo:
—¿Sabe qué?, veo que está un poco nerviosa. Voy a tratar de tranquilizarla y al mismo tiempo que me coja confianza para que las próximas veces que nos veamos... porque ¿volveremos a vernos, no es cierto?– diciendo esto bajó la intensidad de las luces. Era algo que se notaba que lo había preparado para la ocasión. Puso en marcha un CD de ésos que contienen música para meditar y relajarse. En ese momento, de relajarme nada; lo que me cogió fueron unas ganas de salir corriendo que hizo que me levanta de golpe y le dijera:
—Me parece que no vamos por buen camino, no se qué intenciones tiene usted. Me voy y no trate de impedírmelo. Él, imperturbable, me contestó con esa voz envolvente y cálida:
—Aún no se ha marchado, yo sé que en el fondo se siente bien en mi compañía.
Tenía razón. Por un lado quería salir corriendo y por otro, algo hacía que sintiera atracción por él.
—Le traeré una taza de té o, si lo prefiere, puedo prepararle una copa de cualquier licor que le levante el espíritu.
Me lo imaginaba. Me emborracharía y después, se aprovecharía de mí. Si mi familia, mi marido, mis hijos, supieran dónde estaba yo en aquellos momentos... ¡Dios mío! ¡Cómo había sido tan tonta! Me trajo una copa con véte tú a saber qué brebaje maléfico, y me la puso en la mano... así, no podría defenderme. Algo dentro de mí me decía que mi conducta era la de una persona reprimida, educada en el miedo al pecado con respecto a la sexualidad que no ocurriera dentro de los límites del matrimonio. Seguramente no pasaría nada si me dejaba llevar por la atracción física que ese hombre ejercía sobre mí, pero pudo más mi miedo, dejé la copa en la mesita y me levanté de golpe; no quería darle ninguna oportunidad para que me detuviera. Me dirigí hacia la puerta, pidiendo al cielo que no estuviera cerrada con llave. Él fue tras de mí diciendo:
—No sé qué he hecho para que reaccione de esta manera. No se preocupe, que no le impediré que se vaya.
Cuando decía esas palabras yo ya iba por el segundo piso, pies para qué os quiero, y entonces le oí que gritaba algo que me dejó petrificada, asustada y horrorizada:
—Una cosa quería decirle antes de que se fuera: Los camisones blancos con lunares rojos le favorecen mucho.
¡Ostras! ¡Dios mío! No podía ser. De repente lo entendía todo. Él era el hombre que había visto en mi sueño. Sus ojos, su voz. Era él. Bajé las escaleras a toda velocidad, salí a la calle y seguí corriendo hasta la parada del autobús, que, otra casualidad, allí estaba esperando a que yo subiera. Lo hice como pude porque me temblaban las piernas y me hundí en un asiento. Cuando las piernas dejaron de temblarme, decidí que nunca jamás querría saber el significado de los sueños, al menos, de los míos.

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