sábado, 17 de noviembre de 2007

TODO EN NOMBRE DE ANA.Escrito por: Marcos Seles.

TODO EN NOMBRE DE ANA
PorMarcos Seles
Todos tienen o han tenido a Ana en su vida…
Salía de la facultad, cuando me encontré con mi gran amigo Sebastián, no hablé mucho tiempo con él, pues tenía que verla a ella. Ella, todo en mi vida, mi salvación por elección. Es ella la razón de mis espasmos, fantasías, dolores y temores. En mi apuro ansioso por llegar al encuentro, me preguntaba que blusa estaría usando, si había arreglado el cierre del pantalón ceñido que siempre usa. Cierre remachado con un imperdible oxidado, que al menor descuido deja espectar el esbozo de grueso vello negro que se divisa detrás de su interior de algodón blanco.
Blanco como el sostén de sus pechos esta vez de encaje de flores que recorre desde su axila a medio depilar hasta sus hombros lavados por el sol inclemente de esta ciudad. Pues siempre dejaba sus hombros descubiertos invitando a espectar la delicia de sus pecas, que parecían descansar en esa piel suave y sensible que al menor roce en una reacción concatenada erecta su dermis a la vez que Dionisio vacía su copa primera.

Era roja. La blusa que protegía su torso, divisé en medio del ruido de los carros y la marcha eterna de los muertos que transitaban las calles. Estaba allí sola. Sentada como esperando lo inevitable con las hondas que formaban sus cabellos tímidos. Tímidos y avergonzados por haber sido ultrajados, aquellos cabellos bailando y recordando los tiempos en que sus puntas celebraban festines al inicio de su cadera. Ahora deshonrados a manos del puto peluquero o peluquera de esquina que desató su sadismo en una masacre de tijeras, shampú y acondicionador. Y para ponerlo peor, de los más baratos.

Y allí estaba mirándome e invitándome a tomar asiento. Con su corte escalonado en el cual ahora sus puntas festejaban por encima del hombro. Pero bella y ese orgullo interno que tienen las chicas premium, adornando su semblante. ¿Por qué premium? Porque chicas como Ana están en otra categoría en otro nivel. Inalcanzable, para sujetos como yo. Por esa razón cada vez que la veía asintiendo a mis relatos, haciendo muecas, hablándome de lo buen amigo que era para ella o dentro de lo más celestial. Inclinado su cabeza sobre mi hombro dejándome extasiado con el perfume que dejaba sus baños sobre esos cabellos lisos y negros. En ese momento, soñaba con esos baños que tomaba, transcribía la imagen de su piel, sus labios, sus pechos. Su flor de liz protegida de prietos labios, oscurecidos por el adolecer ocurrido años antes. Cubiertos cada uno por una hilera de bellos negros, que formados desfilaban en una curva llevándome a la puerta de sus meconios. Por que una premium no defeca. Libera meconios. Todo, todo el ritual que para mí representaba su baño soñado. La manera imaginada en la cual se desvestía en mi baño.
Era esa imagen. Ella recogiéndose el pelo, delicadamente quitándose la ropa. Primero la blusa, aquella blusa inundada de un sudor amargo y salado que para mis labios era néctar. Los senos ni tan petisos ni voluminosos, pero que constituían la antesala de sus gruesos pezones, prietos también. Recorridos en principio por aquellos poros velludos que se levantaban al igual que la piel de sus hombros, al primer roce. El de ella.

Y preguntándome si se complacía con la ducha manual. Tal vez pensando en el merecido de ella, aquel desgraciado más alto que yo, con un tono de piel más claro que el mío. Aquel inexistente invento de su imaginación o la mía, asechando mi felicidad. Respirando atrás de mi nuca y esperando su oportunidad para desflorar la puerta de sus meconios a la cual aún Ana no me había invitado.
De esa manera concluía todos los días Dionisio una y otra vez vaciaba su copa y entre susurros y espasmos en su habitación pronunciaba su nombre. Y se la pintaba hablando de manera soez, sentada encima de su pelvis con la toalla envuelta en su cintura después de haberse complacido en el baño. Cabalgando el pequeño y vergonzoso tramo al orgasmo, haciendo puchero y mordiéndose los labios. Con sus lánguidos ojos apuntando al lampiño y moreno pecho de él. Pero el despertar le demostró la viscosidad de su semen que recorría desde el índice hasta el pulgar de su diestra y a su desconocida amada. La soledad.
La soledad de una habitación inundada de humo de tabaco y canabis que lo protegían de la cruel realidad. Pero a pesar de aquello, la realidad le mostraba que su amada estaba frente a el y lo único que podía hacer era sentirse de alguna manera feliz por tenerla a su lado, contemplándolo y hablándole en el único lenguaje que él conocía. El del rechazo. Pues esa fue la razón del almuerzo. Ella lo iba a dejar. Lo iba a dejar con sus neurosis, escisiones y paranoias. Solo. Lo iba a devolver a las sombras que lo vieron nacer, a su eterno soliloquio dentro del tiempo en el que se engañó creyendo que era dichoso por haber conocido a Anna, por haberle hablado, por haberla besado, por haberla abrazado.

Pues quien de entre los mortales puede darle un concepto concreto y total de felicidad, ¿Y qué es pues la felicidad? Ahora, solo un cúmulo de momentos que se distinguen de la monotonía por su instancia, son estos instantes de felicidad los que instauran la hiancia y la nostalgia, por un conjunto de instantes no vale la pena vivir.
Es irónico, que un solo momento de felicidad le cueste la infelicidad absoluta por lo que de vida le reste. Porque después de ese momento, después de ese instante, todo viene cuesta abajo.
Mendigando delante de su amada esos instantes o si no haciendo un patético intento por inventárselos. Buscando substitutos, que le dediquen palabras tiernas para de alguna manera llenar ese abismo que lleva dentro. Y dentro de esos artificios tal vez fue dichoso, dentro de su masoquista y retorcida manera en la que era testigo de esa vida.
Esa vida llena de bajos y derrotas. Pero al fin de cuentas era su vida y a pesar de que intentó vanamente componer todo. Cambiar para darle gustos a sus padres, a las amiguerías pasajeras que conoció en sus últimos años de colegio y primeros de universidad y más que todo, a las musas y arpías que merodearon como cuervos detrás de la carroña, como ángeles guardando su sueño, como la muerte tocando una y otra vez a su puerta.

Se le llenaba el corazón mustio de ilusión con la idea de retomar el control de su vida y no hacer éxodo de la universidad porque esta vez se había enamorado de otra que le habló en el lenguaje del rechazo. Por todo eso y a pesar de eso, claudicó otra vez. Pero como en toda guerra, su claudicar abrazó una batalla. En el momento en el que le dijo a su amada que la amaba y que esa no había sido la primera guerra en la cual había tenido que retirar vergonzosamente todo su frente de artillería y proclamar la retirada.
Allí dentro de la pesadumbre del rechazo reconoció que ya se estaba acostumbrando al constante peregrinar del llanto, del te quiero, del te amo, del eres solo un buen amigo, no más.
Derrotado, al llegar a casa. A las cuatro paredes que lo guardan de ese mundo malo, hipócrita, enfermo, llenos de muertos en vida. En la eterna reminiscencia del hecho, el agua que había tomado se convirtió en lágrimas y la comida en vómito. Regurgitando sus entrañas y sintiendo ese odio, ese hastío por todo y por todos llevo su flácida y desgarbada humanidad a los brazos de Morfeo entonando su radio cálidas melodías de uno de sus grupos favoritos.
Entre el reflejo de lo absurdo y las sombras de odio que reflejan extraños destinos, sucumbió al sueño, el inconsciente sueño que revela todas esas pulsiones, deseos, pero más que todo. Los “hubiera querido”.
La frase que siempre se repetía antes de dormir. “Hubiera querido que ella me quiera”. Entre sofocados sollozos que enmudecía por ese extraño e inexplicable temor que avergüenza al derrotado y que no lo deja escucharse más alto o porque su madre y todas sus figuras paternas le habían dicho que los hombres no lloran. Se repetía la misma frase una y otra vez, esperando que ese “hubiera querido” tome forma de nínfula como la de Navokov y lo abrace una vez más. Una vez más, hasta que llegara el alba.

La extrañeza del despertar, si duda alguna abruma todo el ser. Desde la percepción de los objetos a mi alrededor como las expectativas que se tienen de ese día. Ese despertar viene acompañado por aquel latente temor de escuchar su voz de nuevo y no saber que decir ni que pensar. Desde el momento en que escuchas el “aló como estás” ¿qué puedes decir? “aló” lógicamente. Pero tus entrañas y tu sed de venganza quieren clamar ese desprecio primero que se experimenta después del rechazo. Quieren matarte a ti y matarla a ella. A ella por el hecho de que esta en su derecho y que en términos evolutivos tiene la razón al haberte privado de la posibilidad de su sexo. Ese sexo que en tus fantasías lo interpretas como amor pero que en la realidad es el imposible que jala las cuerdas de tu cordura, de tu lógica, de tu razón. Y a ti. A ti, simplemente por el hecho de vivir en un futuro que no se tiene, que no existe.

Desde ese instante te conviertes en persona, al aceptar el rol que te impusiste dentro de la sociedad. El instante en que le respondes, a esa mujer que deseas, que quieres, que amas. Que estas bien, que todo esta “normal”, que comprendes la situación.
Y que con el nudo más apretado y sofocante, ahogado en tu impotencia de pedir una segunda oportunidad cambias el tema y le comentas sobre el clima o cualquier otra pendejada que te ayude a salir de la situación.
Porque en realidad eres débil, y quieres escaparte de su voz, de su imagen, de los recuerdos ilusorios que construiste junto a ella. La mirada tierna, el abrazo preciso, la mueca improvisada que te acercaba más a tu infancia y la sonrisa espontánea que brotaba desde lo más ínfimo hasta lo más importante. Porque para ti lo más ínfimo que ella consideraba, era lo más importante.

De esa manera improvisada, pues la noche anterior habías repasado una y otra vez acompañado de un buen chafo un discurso cruel, lascivo e hiriente para desquitarte y brindarle un poco de tu dolor a ella. Pero a ella no le importa, lo que tu sientas. Solo llama para quedar bien. Como la madura, como la preocupada.
Y sabes esa lección al derecho y al revés. Pero la proclividad del sentir la sepulta en el olvido y en el momento en que escuchas su “aló” te quedas mudo y no puedes ser lo suficientemente hombre para rescatar las migajas de dignidad y respeto que conservas escondidas detrás de esa mascara de sufrido y renegado del mundo.

Eso sólo en cuanto a la voz y la posibilidad de que te persiga su imagen por teléfono. Porque las palabras crean imágenes. Después del “chao, cuídate” que escuchas al otro lado del auricular, cierras el teléfono y maldices su nombre una vez más. Deseando que ella hubiera escuchado el ¡Puta de mierda!; pero no. Cobardemente le mentiste, y le dijiste que todo esta bien, que vas a seguir con tu vida al mismo tiempo en que regresa el mismo temor de contestar una posible segunda llamada. Una llamada que esperas con ansias porque representa otra oportunidad para “mandarla a la verga”.

Pero sabes que eso no va a suceder y después de una semana más. Un viernes para ser preciso mientas veías una de vampiros en un canal pagado, gracias a una monada que tu hermano te enseñó para estafar a la compañía de cable local, oíste el primer timbrazo y se te revolvió el estomago. Segundo timbrazo respiraste hondo y cruzaste los dedos deseando que no, por favor, que no sea ella. Pero el ¿Cómo estás? te volvió mudo de nuevo y esta vez la pregunta era -¿por qué llama de nuevo?
Te preguntó como la habías pasado, en el feriado, a lo que un “Bien” bastó. No hablaste mucho ni cambiaste el tema. Te limitaste a respuestas cortas y concretas que dentro de su doble discurso indirectamente le indicaban que no querías hablar más con ella. Ahora te sientes mejor, sabes que ella se marchará a otro país a continuar su vida. Que tendrás que soportar su presencia unos meses más, que inevitablemente tendrás que encontrártela en los pasillos de la universidad y que serán horas horrendas en las que la indiferencia y esa hipocresía teñida de un imperioso temor te serán tu única compañía.

Y harás como que no la notas, cuando sólo quieres transcribir una vez más esa imagen. Esa imagen que es vívida y que a vuelo de pájaro fisgoneas con la vergüenza de que ella note tu mirada y la retires inmediatamente. Pues esa imagen será ostia entrañable y cáliz sagrado, para la copa de Dionisio en tu comunión diaria con la soledad.

Y así transcurrirán los días que se balanceaban entre clases de inglés que no necesitaba (pero que eran el pretexto preciso para conseguir el revuelo suficiente para financiar mis borracheras y mi hierba de fin de semana) y la monotonía del diario vivir en la cual lo más emocionante es esperar la hora del almuerzo. Como si conmigo se hubiese quedado la emoción que sentía cuando almorzaba con ella. Y aunque que al salir de mi refugio e ir al mismo lugar en el cual mi amada en antaño me esperaba. Sabía que en el fantasma de mi cabeza llamado Ana haría patente su ausencia, al encontrar la silla vacía.
Entonces día tras día me sentaría en la misma fonda con la misma gente. Pero esta vez sin ella. Y diría:- Madrina sólo un almuerzo por favor. Entonces la señora me preguntaría:- ¿donde está su enamorada? A lo que elocuentemente respondería “se fue de viaje señora, se fue de viaje para no volver”. Solamente si la señora supiera... Entonces comería y repetiría el mismo rito el día siguiente.

Los almuerzos sin Ana me tranquilizaban. El círculo cada vez más se va cerrando. Por fin empezaba a entender lo que Sebastián siempre decía. Me hice a la idea de quedarme solo y empecé a aceptar la situación.
Claro era fácil aceptarla en mis cuatro paredes, bebiendo con mis amigos y en las rutinarias introspecciones nocturnas antes de dormir. Mi ser era una confusión total, una parte de mi aceptaba la idea orgullosamente al describirme como el lobo solitario que se reunía con la manada para festejar los hastíos de la vida todos los fines de semana. Y la otra, la que se quedó con ella cuando se fue, reclamaba suplicante el hálito de vida, la quietud, la calma...

Pero. ¿De donde surgió esta Ana que se constituía en mi verdugo penitente, esta nube negra encima de mi coronilla? La misma que me llevaba a la paz, al punto cero, que me devolvía a la infancia, al paraíso disoluto, del cual Milton se sirvió y recreó y del cual surgió la Lolita de Navokov.
¿Quién es esta Ana por la cual sufro y peno como fantasma en medio de los vivos, de los enamorados, de los deseados, de los queridos? De aquellos que festejan las exquisiteces del cariño correspondido, del sexo visceral, de la sonrisa espontánea, de aquellos que no necesitan de mascota alguna, pues encontraron en una hembra humana, compañera de juegos idónea. Que no dependen de la afirmación existencial por parte de sus amigos y que son determinados sin la aprobación de los demás, en el caso de ir a visitar día tras día a su doncella, para recibir un beso o una caricia y en las noches derramar la copa una vez más, por un seno que en su realidad es patente o por una vagina que responde al estimulo y muestra su disponibilidad al humedecerse al tacto asertivo.
Aquellos que esperan con sus mejores galas o con los atuendos casuales que por olvido dejó su empleada o madre de lavar. Pero que se muestran seguros detrás de esa ventana a la espera de su amada. Amada que se sumerge en el juego del cortejo. Que a las dos semanas permite que los labios ávidos prueben la aureola erecta de un pecho hinchado que se levanta por encima del sostén de lana, de algodón, con encajes o sin ellos, y que mientras el corazón incrementa sus latidos y los labios humedecen el pezón, interrumpe el festín carnal mientras planea para la siguiente semana la entrega del bocado máculo que yace en medio de sus piernas.

Máculo en el caso de que la cortejada halla desperdiciado a su príncipe por un gandul con buenos dotes físicos o con el primer cholo sabidote que le prometía el cielo y que la conoció mientras peloteaba con sus amigos y ella merodeaba los parques comunitarios del barrio donde todos los jóvenes se reunían.

Sin mácula en aquel caso en que la penetración casual sorprendió a la púber en una noche de abuso mientras se preguntaba si todos los padres tocaban a sus hijas de aquella manera. Después del encuentro casual disponen la búsqueda de ese verdadero padre que las proteja del otro. De aquél que cercenó la inocencia.

Esta Ana es la mezcla de todas y a la vez el vació de nadie. Surgió de mis odios, de mis deseos insatisfechos, de mis hastíos, de mis llantos, de mis sueños. Todo aquello se lo atribuí a aquella joven alta y morena que deje entrar en mi vida después de una conversación en una hora de ocio y un roce de manos que ocurrió en el bus de vuelta a casa. O talvez después de un año su sonrisa me cautivó. O puede ser que al mes después de un hola gesticulado un viernes en la mañana al tomar el bus haya sido todo.

Supongo que la proclividad del sentir es ineludible.

Ya sea un hola gesticulado, una conversación o una sonrisa uno esta más a dispuesto a caer y convertirse en carroña de arpías y música de musas.
Así de ineludible fue el sentir de sus ojos en los míos, esa habilidad escópica que hurga mis entrañas, que me extasía, que se pierde en el sentido de lo vago y ambiguo al cerrarse sus ojos y que recobra con fascinación esa caza imperecedera cada vez que los abre.

Convertí su mirada en la mía al sentir, el creer, al asimilar todos aquellos gustos por mi mismo que creía perdidos y encontrados. Al sentirme después de mucho tiempo ese sujeto querido, deseado, requerido en el orden de lo sexual. Al reencontrarme con el sueño plácido, con el Aman de Tolkien. En el cual era yo uno más de los Quendi. Un Eldar más escogido por Manwén y conducido por Oromé al reino de las luces.

Tan deleitoso era el sueño que constituía su mirada al fijarla en mi humanidad pobre y sedienta de cariño. Que la seguía sedado, obnubilado, deseando que esa mirada me sigua relatando la historia del Marlon dichoso, del Marlon sociable, del Marlon que ríe, del Marlon reconocido, del Marlon que es.

Y así construía lo castillos, de arena, de papel, de palabras, de miradas sobre la escópica y sensible base del engaño. Porque no era a mí a quien veía como hombre, esa fue la construcción lamentable que en patética tarea realicé para no sentirme tan desdichado en esta nueva inserción al mundo de los vivos. Y aunque alerta estaba del engaño, miré hacia otro lado y vacilé en darme cuenta del teatro que ante mi apática mirada llevaba ya su primer acto. Pues el segundo acto cerraba su telón con la estocada final.

De esa forma permití que lenta, pero letal y segura; una vez más la espada de Damocles pasee sobre mi coronilla. Amenazando mi sanidad. Pero seguía cautivo como un niño embelesado ante su mirada y prefería del futuro no pensar nada y solo gozar su mirada. Esos ojos taciturnos y lánguidos que recreaba con tal pasión dentro de mis fantasías lejanas, en las que Anna se convertía en mi concubina golosa, en la nínfula que espectaba con avidez la inserción de mi eréctil miembro en su embocadura, en su flor de liz, en la puerta de sus meconeos...

Tanto así, que dibujaba sus ojos con grafitos inundados de libido cada vez que ella me sorprendía escudriñando aquellos gruesos vellos negros que guardaba detrás del alfiler oxidado y del interior blanco de algodón. Porque esa mirada que sorprende al fisgón, si y solamente si es proyectada por parte de la fisgoneada se convierte en cáliz sagrado dentro de la perecedera posibilidad de que la fisgoneada halla gozado del lascivo escrutinio.
De la misma manera aprovechaba las mañanas frías de verano que se convertían en escenarios propicios para que los pezones, como prisioneros desesperados clamaran salir de su guarida sofocante y, se esculpieran por encima de sostén y la blusa que al notarlo impávida los cubría con sus brazos y en marcha presurosa salía hacia el ventanal del pasillo donde los rayos de sol surcaban los linderos de sus altivos pechos y los calmaban después de unos minutos.

Era delicioso ese vaivén de las miradas lascivas que buscaban los secretos de Ana, tan delicioso que lo buscaba día tras día, convirtiéndose esa mi única razón para asistir a la universidad, pues nada más importaba en ese entonces.

El ritual comenzaba desde que ella llegaba a clases con la búsqueda del color y del diseño de su sostén si llegaba con una blusa que le descubriera los hombros. Si ese no era el caso, y se daba la posibilidad de una blusa abotonada, se buscaba la forma de fisgonear sin ser tan evidente, en los momentos en que sentada su espalda dejaba la rectitud formando hermosos agujeros entre botón y botón que dejaban vislumbrar por gracia y obra de Dionisio la cara externa del seno, algunas pecas que bordeaban el sur de su clavícula y más que todo ese tono original de piel del cual gozan las privadas partes de las premium.
Mas cuando ella se estiraba hacia delante para de algún modo u otro revisar apuntes, hacer como que estaba interesada en la clase, captar el comentario insignificante de una de sus compañeras; arqueaba la espalda que dejaba vislumbrar desde sur las laderas del coxis que se convertían en las sempiternas ciprias de las cuales eran revestidas sus caderas por los contados interiores que usaba para el paseo por los pequeños escondrijos que se formaban de mesa en mesa o en los pasillos iluminados por espejos, que revelaban las proféticas andanzas de una deidad encarnada y nombrada como Ana.

Andanzas que serían evidentes en un cercano futuro, en el cual una fragancia lejana concebida por perfumistas de un fenecido mundo revelarían la formula salvaje, de su sudor, de su saliva, de sus maravillosos jugos mágicos secretados en la agonía de su flor de lis, perfume que inundaría de pies a cabeza a cualquier transeúnte casual en su vida, y que lo dejaría impregnado con la esencia de las diosas por un largo tiempo. Pero que escaparía como inevitablemente se predijo cuando en el orgullo de su belleza incomparable le hable al oído y le diga que la exquisitez de su cuerpo no estaba a disposición del pobre, del débil, del cabizbajo, de aquél que sólo dolor es.

Desde entonces el sólo recordaría ese perfume imaginado, de su creación, ese perfume que construyó a base de roces, de acercamientos caninos, de abrazos obligados o robados. Ese perfume que en su esencia captó al oler su cabello una de las pocas veces en las cuales ella se arrimó en su hombro para darle celos a otro. Momentos en los que él se preguntaba: - ¿por qué yo? Si no tengo nada agradable, ni deseable, dentro y fuera de esta humanidad marchita, pues es cierto que en mi venganza contra el mundo he perdido lo poco de amor que tenía.

Y ahora en este valle peno entre vivos y amados. Y me regocijo en las derrotas de mis arpías, derrotas que son aliento de vida. Ya que en nombre del desprecio, del odio en un servidor me convertí por elección. Y ahora vuelve esta musa y atrae consigo el olvido de todas las cosas pasadas que dieron forma a este Marlon que se lee a continuación.
Sólo con un roce, una mirada directa, esquiva, coloquial o distante y más que todo con una palabra que al ser de sus labios pronunciada me otorga de una u otra forma ese lugar tan querido y tan odiado. El de persona.
Marlon, me llamaba. Me reconocía como uno de sus vivos, de sus amados. Marlon, cuando lo veía esperando en la banqueta afuera del salón de clases, revisando sus apuntes y memorizando innecesarios conceptos para de una manera u otra justificar delante del profesor que las horas nalgas que invertía por Ana no eran vanas.

Que para engañar a los demás tenía que simular interés por los estudios. Marlon alegre y jovial que reía entre vivos y que se sentía redimido al socializar con los vivos, que comía, bebía, y festejaba con los vivos. Marlon el amigo de los vivos por elección, una elección que se llamaba Ana.

Marlon, cuando día tras día se convertía en el dispensador de cigarrillos, los cuales entregaba a Ana con mucha candidez, pero que al estirar el brazo con el veneno bendito entrelazado por el índice, el medio y el pulgar despreciaba en sus entrañas a los vivos que eran beneficiados con sus ofrendas. Ofrendas que eran del agrado de los vivos, a tal punto que invitaban a Marlon a sus vivas celebraciones en las cuales Marlon descontaba las ofrendas con bebida. Y bebía y bebía hasta perder el conocimiento.

De esta manera Marlon se infiltró en el mundo de los vivos, y empezó a hablar como los vivos, y a vestir como los vivos y a entender poco a poco las costumbres de los vivos. Todo en nombre de Ana. Para acercarse a ella, para que ella se acercase a él. Para que lo llame por su nombre al siguiente día, cuando se encuentren en el pasillo, cuando le pida un bolígrafo prestado o cuando le pregunte si tenia las copias para realizar el resumen del día siguiente. Y que sólo eso le bastaría para ser feliz, por lo menos por un momento, por un instante. Y recordaría a Ana en la ducha, en las horas de ocio y antes de dormir, como aquella santa patrona a la que los devotos se encomiendan. La consideraría como su salvadora, como su redentora, como su ángel de la guarda y aprovecharía cualquier descuido para conseguir la estampa de su deidad a como de lugar.

Singularmente una ocasión en la que ella dejó su mochila en una hora de clases en las que el profesor estuvo ausente y cuando la llamada de la biología cobra sus frutos en ciertos días del mes y a los que Ana por tal deidad que fuese no le eran indiferentes. En ese momento en que el paño embebido en sangre era reemplazado por uno nuevo en el baño de señoritas que quedaba al final del pasillo, él aprovechó y de entre su bolso escrutó y encontró el sagrado carné con la borrosa estampa escaneada del rostro de Ana. Lo guardó y lo atesoró.

Y eran largas las horas por la noche y por la tarde y por la mañana en la que contemplaba la imagen de su égida, recordando su rostro y leyendo en voz baja su nombre completo una y otra vez. Y memorizando su dirección y su teléfono como si fuesen las suyas propias. De esta manera se pasaba días sujeta su voluntad ante la borrosa foto escaneada en el hurtado carné de Ana.

Lo contemplaba y lo guardaba, lo sacaba de su billetera cuando sus amigos le preguntaban acerca de su novia. Pues se lo había visto a Marlon desde hace mucho tiempo ya, comiendo solo en aquel bar que se ubicaba en la facultad de medicina donde el almuerzo era más barato.
Y al mostrarlo contaba apasionado la manera en como se habían conocido, como el le había declarado su amor en una fiesta de la cual el mismo fue el anfitrión años atrás cuando cursaba el primer año de universidad en la facultad de ciencias psicológicas. Y de cómo organizó el solo su casa para que fuera del agrado de ella y de cómo ignoró a otras compañeras por el temor de que ella lo encontrara bailando con otra a su llegada.

Llegada que fue escoltada por ambos padres, en la cual consintió todos los caprichos de la madre, la hizo pasar y le ofreció y vaso de cola.

De cómo se arregló como nunca antes se había arreglado en su vida para agradar a Ana.

De cómo sucumbió a la moda pasajera del corte estilo Palermo ese mismo día.

De cómo al caer la noche entre estruendos y alaridos de los invitados tomó a Ana de la mano y la condujo a su habitación, le ofreció asiento al borde de la cama y tocó en el estéreo una de Piero que a ella tanto gustaba. Y de los paseos a la sombras protectoras de los jóvenes árboles que se erguían en la ciudadela universitaria. En los cuales tomados de la mano cantaban al unísono la canción que había coronado la unión de aquel sueño lejano de verano. O de cómo los besos celosos y espontáneos de Ana lo guardaban de los coquetos saludos de las pretendientes que esperaban su pronta separación en el curso contiguo.

Y se alzaba orgulloso entre los incrédulos y los envidiosos al mostrar el carné y llevaba en sus ojos una seguridad fulgorosa, al mostrarlo y relatar tan inverosímiles historias. Si eran creídas o no por los otros; constituía asunto de poca importancia, lo cardinal yacía en que él si profesaba pesado y seguro credo en su discurso. Discurso gastado, abrumado de lugares comunes y cursilerías. Pero de agrado a los vivos pues su lenguaje estaba limitado a todo lo que se leía en inútiles libros de superación personal, telenovelas y toda la demás basura que expone el maldito cuarto poder.

De esta manera Marlon les hablaba a los vivos con el lenguaje más simple que pudo encontrar. El del amor si significación. Pues el del rechazo y sus frutos solo él era portador y estandarte dentro de ese circulo de vida en el cual se introdujo para captar la esencia, una vez más de la desdicha en las palabras de una arpía. Marlon les hablaba y los vivos prestababan considerable atención a sus palabras mientras el reía por dentro mofándose de lo limitadas y simples que eran su pequeñas mentes. Mentes gandules y exploradoras de la inmediatez del placer. Que se contentaban con fiestas en discotecas, atuendos en boga y más que todo reconocimiento y justificación ante otros vivos. Cosas que no eran del interés de Marlon en ese entonces pero que consideraba como herramienta útil en disposición de acercarse a Ana que pertenecía a esta estirpe pervertida.

Fue Marlon elucubrando dentro de sus cuatro paredes la manera más factible para acercarse a la princesa de los vivos. Y el discurso simplón y gastado era la respuesta. De modo que al día siguiente se dio la oportunidad de franquear el frente de los vivos en una hora de ocio, en la cual Ana descansaba sola en una silla se le acercó a entablar conversación acerca de temas de extremo vanos e insignificantes a los que la viva prestó mucha atención. Y asentía con la cabeza, y reía histéricamente y devolvía los mismos relatos gastados desde su propio discurso.

Y en base a tan engañoso ardid Marlon pudo acercarse a Ana. Así fue como la conoció. Después de esa conversación no hubo nunca más otra, en la que Marlon usase términos tan gastados y pretendiera tener tanto en común con otro vivo. Desde lo lejos cualquiera que hubiese contemplado la escena, hubiera creído que eran amigos desde mucho tiempo atrás, a Marlon se lo vio riendo como nunca, asintiendo a cada palabra de Ana y prestando tanta atención que no parecía el mismo. Se podría decir por la escena antes mencionada; que hasta disfrutó del ardid y se olvidó que era un guardián más de las causas perdidas.
Pues tanta así es la carne y el poder que esta sujeta dentro de la naturaleza humana, que levanta y crea tantas poesías, que esclaviza y aplasta la voluntad del hombre. Y que toma forma de mirada y de palabras. Palabras que son tiernas pero que se pierden, porque una vez dichas, arrojadas al vació, por mucho que busque, por mucho que cierre los ojos y trate de recordar, se pierden inevitablemente por el anhelo de escuchar unas nuevas. Porque la mirada se desvanece, y su escópico alcance pierde su gracia bajo los rodillos del olvido. Pues cada mirada es única y dice algo diferente, así sea dicha con los mismos ojos, repetidas veces, en el mismo lugar y a la misma gente. Pero perdura magra la piel y su roce, sea esquivo, sea cruel, sea asertivo, de deleite o de goce. Y el que otrora taciturno, despierta sediento y clama a los dulces ríos del tacto. Tacto engañoso que lo abandona suspirando, y remembrado las manos, los hombros y las caderas que un día significaron tanto.

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